Almacenes Generales de Castilla

En el Paseo de Farnesio, en dirección a la Carretera de Madrid, terminada la tapia, y pasado el horno de los militares (en lo que hoy es la calle Santa Fé), nos encontramos con un impresionante edificio que en la actualidad muestra tres fachadas diferenciadas: fachada “Norte”, fachada “Oeste”, y fachada “Este”. Tiempo atrás también exhibía el lateral “Sur” en una gran explanada que permitía contemplar la doble escalinata sin barandilla en cada una de las entradas a los distintos locales. Así pues, se trata de una unidad arquitectónica en el entorno sur de la ciudad, pero que constituye un patrimonio histórico-cultural en el desarrollo económico de la misma. Son los Almacenes Generales de Castilla, todo un referente de Valladolid hasta el final de los años 80.

La ubicación responde a la planificación de la ciudad en tiempos del ferrocarril, pero el desarrollo urbanístico de la barriada la absorbió, apropiándose de ella.

Se presenta como única nave, dividida en nueve compartimentos iguales que la jalonan en sucesivas triadas de huecos: cada puerta será eje de simetría de dos ventanas adosadas. Todo este sistema en un mismo plano se muestra en una construcción de formas, aperturas, arcos, rejas, marcos, cristaleras, que tienen como fondo la fachada de ladrillo macizo con espléndida cocción y acabado, logrando así una armonía que se transmite al observador.

En cada triada las ventanas resultan altas, con sensación de garantizar la escasez de luminosidad, y las guardan rejas firmes, en estructuras rígidas de elementos anudados en las intersecciones de los barrotes, que parecen contribuir a preservar de luz los interiores, además de constituir elementos de protección.

Los arcos de las puertas están casi a la misma altura que los de las ventanas, pero resulta desproporcionada esa altura en la parte inferior. Ello tiene su explicación…

La parte inferior de esta estructura consiste en un zócalo calizo coronado por un bordillo sobresaliente del mismo material, que la une a la parte superior realzando el conjunto.

Bajo cada puerta aparecen aperturas. Son los puntos de luz correspondientes a las bodegas, con acceso interior desde cada almacén.

Todo el edificio estaba recorrido por los rieles de una vía muerta…

La fachada principal, al poniente, ofrece el mismo aspecto pero con un añadido: a cada almacén se accede mediante dos escalinatas laterales sin barandilla para el uso exclusivo de peatones.

El cuidado por el detalle queda patente en sendos cartabones orientados al norte y al sur respectivamente: impresiona su inclinación; los bordes de cada verte-aguas están recorridos por un protector adosado a cada uno de ellos, los cuales están pintados con un acertado color que los embellece y hace resaltar ambos imponentes cartabones.

La unión con los tejados deja ver el extremo de las vigas que entraman la potente vertiente de la cubierta que recorre la edificación, y son estas estructuras las que presentan el edificio a los viandantes.

Completa este complejo una hondonada anexa al edificio (no se ve en la foto) situada al lado del cartabón que mira al sur. Hasta allá eran rodadas las cubas de madera que habían sido vaciadas para proceder a su limpieza. Se trataba de un plano inclinado hecho en el propio terreno, a nivel del suelo, donde se dejaban secar al aire libre antes de iniciar el retorno a su origen -distintas comarcas y ciudades donde se envasaban los diversos productos alimenticios (aceitunas, aceite, vinos…)- también en el ferrocarril, y fijando el lugar del remitente en la puerta del vagón.

 

Conviene saber. La permanencia de lo ecléctico:

Las instalaciones del complejo dedicado al almacenaje de productos coloniales y su desarrollo data de finales del siglo XIX, y su actividad mercantil se prolonga a lo largo de gran parte del siglo XX. Su implantación coincidió con la llegada de los Talleres Generales de la Compañía del Norte a Valladolid. A este respecto, bien cabría esperar que el plan de construcción obedeciese a la iniciativa privada de los proveedores, en la que mucho tendrían que ver organismos y políticos de la ciudad. Sea como fuese, la presencia de este complejo supuso un punto de inflexión en la economía y planificación de la ciudad, principalmente en la zona sur de la capital, un lugar de expansión y entrada de Valladolid con una importante incidencia en el tráfico rodado y en el movimiento comercial de estos almacenes.

Por otra parte, constatamos como meros observadores el paralelismo entre la implantación de la empresa ferroviaria y el presente complejo:

  • Las similitudes en las edificaciones están presentes en la actualidad, y eran más evidentes en épocas pasadas, cuando la compañía ferroviaria no había iniciado reforma ninguna en las distintas naves, etapa que duró hasta los años 50, momento de introducción de naves que difieren de las primitivas. También las empresas de coloniales, a partir de esta época, implantaron el transporte por carretera, que fue desplazando al ferrocarril. Así, convergencias y divergencias fueron fruto del tiempo; de tal manera que, en la actualidad, algunas instalaciones de los almacenes relacionadas con las actividades ferroviarias han desaparecido, como la vía muerta en los almacenes; la presencia en esta de vagones en espera de carga y descarga; el acceso a las vías a través de una trasera al fondo de los almacenes que llegaba hasta una plataforma giratoria, dentro del espacio propiamente ferroviario, para uso exclusivo de la actividad comercial, y que servía para cambiar de sentido a los vagones y llevarlos por la vía hasta los almacenes (pues esta vía era perpendicular a la del ferrocarril).
  • La desaparición de estos medios del paisaje de siempre, asumido por nosotros y de difícil adscripción, fueron ayudándonos a comprender la identidad de las dos empresas; el arrastre y aparcamiento por parte del ferrocarril exigía la instalación de rieles y la presencia de vagones en la vía muerta, a la espera de descarga y carga, las cuales correspondían, por otra parte, a la actividad propia de los almacenes.
  • En este sentido, la destrucción de la fábrica de harinas, y la posterior construcción de viviendas en su lugar, fueron hechos decisivos en nuestro esclarecimiento de la realidad para la comprensión y autonomía de ambas empresas en sus dedicaciones respectivas.
  • Por su parte, la administración local decidió inscribir en el nomenclátor calles de nueva apertura con denominaciones referidas al ferrocarril, en espacios donde se habían ubicado empresas propietarias de alguno de sus almacenes (Plaza de Ferroviarios), y en el solar donde durante mucho tiempo tuvieron sus instalaciones la fábrica y los almacenes de harina. Las calles Mikado y Santa Fé (también en deferencia a marcas de locomotoras) son resultado de la transformación urbanística del “callejón” o “detrás de los almacenes”, topónimos que popularizaron el baldío por el que muchos transitábamos, bordeando los almacenes en busca de la vía, siguiendo la línea de la tapia.
  • La empresa ferroviaria abandonó las instalaciones del depósito de máquinas. La destrucción del edificio fue parcial, y ello permite hoy al transeúnte contemplar la monumental estructura del tejado que contornea la gran circunferencia de esta edificación.

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