No a la guerra no es solo una frase, es una posición vital en que se debe evitar, a toda costa, la escalada de los conflictos hasta el punto en que la población civil sufra la muerte y la represión que suponen el terror de la guerra. Es una postura activa por la paz, la paz entendida en todas sus vertientes, la paz que niega a los Estados la capacidad de reprimir, sea a su propio pueblo o a otros pueblos, la paz que construye una convivencia pacífica de una ciudadanía que se desarrolla en libertad. Cuando decimos no a la guerra, nos oponemos frontalmente a toda intervención, máxime cuando se basan en la mentira y en intereses que están por detrás, que no se explican ni se pueden explicar.
Hace poco más de ocho meses, la coalición de Israel con Estados Unidos lanzó una serie de ataques contra Irán; no eran los primeros, por supuesto, el conflicto lleva recrudeciéndose desde 2023 y en abril de 2024 comenzó la escalada de Israel contra Irán cuando bombardeó la embajada de ese país en Siria. Hace poco más de ocho meses, en junio de 2025, la inminente «amenaza nuclear» de Irán, repetida desde 1992, había quedado totalmente destruida. Tardarán años en reconstruir el programa, dijo Donald Trump, presidente de Estados Unidos, mientras celebraba un mundo de paz a punta de bombardeos. Hace nada, el 28 de febrero de 2026, Israel volvió a agredir a Irán, con lo que llaman «guerra preventiva» (no existe eso, atacar a otro país es un acto de guerra, no hay nada preventivo en un ataque), ataque coordinado con Estados Unidos. Uno de los objetivos, descabezar al régimen iraní, se consiguió rápidamente. También se mató, por el camino, a cientos de civiles, contando muchas niñas de una escuela donde cayó un misil desviado.
Irán es una amenaza, una amenaza nuclear, además, repiten los defensores de estos ataques. No muestran ninguna prueba de ello. Irán tiene capacidad para «atacar occidente», insisten. Lo cierto es que Irán ha atacado muchas bases militares en países aliados de Estados Unidos (no de «occidente» en general), pero lo ha hecho «después» de recibir ataques desde esas bases. Lo cierto es que Irán ha atacado, y más de una vez, ciudades y poblaciones israelíes, pero, nuevamente, siempre lo ha hecho en respuesta a ataques israelíes contra Irán (o sus embajadas en otros países). Esto no justifica la devolución de fuego por parte de Irán, por supuesto, pero Estados Unidos e Israel, que son los agresores, no pueden querer presentarse como los «defensores» en una situación que han provocado. No es que sea una profecía autocumplida (¿ven?, Irán ataca Israel como anticipábamos… porque hemos atacado primero), es que, literalmente, es lo que ocurre en las guerras: el país agredido se «defiende». Y en el caso de Irán, lo hace atacando, lo cual supera el límite de la legítima defensa.
Los servicios de inteligencia, en general, dicen que Irán no tiene armas nucleares ni capacidad para hacerlas. También parecían, insistir en que Irán tenía bastante con lo suyo (esto es, la inmensa represión interna, con decenas de miles de muertos y desaparecidos, con protestas sobre todo de las mujeres que se levantan contra la opresión del régimen teocrático) como para andar preocupándose de territorios extranjeros. No era una amenaza para nadie, más allá de su propia población.
Irán es un chivo expiatorio, es un enclave importante en los coletazos de la lucha por mantener la hegemonía internacional por parte de Estados Unidos, es una cortina de humo frente a otros temas que deberían colmar las portadas en Israel (el genocidio que ese país practica contra el pueblo palestino) y Estados Unidos (desde los escándalos sexuales por los papeles de Epstein hasta la represión mayúscula de la población por parte de las fuerzas del ICE, junto con el fracaso absoluto de la política económica de Trump) y, sobre todo, es un punto importante en la lucha por el control de recursos naturales; no para impedir su exportación a un país u otro o controlar un estrecho por el que pasa buena parte de los hidrocarburos mundiales, que no tenía principal problema, sino que es una lucha por controlar en qué moneda y quién recibe dichos productos y quién se beneficia de los mismos. Es un campo de batalla para demostrar fuerza, poderío, engrasar la maquinaria militar y justificar, de paso, la represión interna.
Como siempre, la comunidad internacional ha reaccionado de la peor forma posible, o defendiendo y apoyando a los países agresores, o, en su caso, mirando para otro lado o con tibias reacciones en general, donde se mezcla el no enfadar al hermano mayor (Estados Unidos) y no querer implicarse en algo que a todas luces es una guerra ilegal e ilegítima (todo ataque lo es, y diría que toda guerra lo es).
Quien sale perdiendo de todo esto es, por supuesto, el pueblo iraní; esta guerra no se hace por ellos o para salvarles de una dictadura (uno de los países agresores, Israel, tiene a un mandatario con orden de captura internacional por delitos de lesa humanidad, es un país que está llevando a cabo un genocidio contra el pueblo palestino); no se puede hablar de «democracia contra dictadura» cuando las bases militares de las que salen los ataques de Estados Unidos se encuentran repartidos en dictaduras (monarquías absolutistas, que es exactamente lo mismo), países que, además, no han dudado en reprimir de forma constante a su propia población y han invadido a países vecinos cuando se reclamaba democracia en sus países (¿o no se acuerdan del papel de Arabia Saudí en la «primavera árabe»?). Lo que sí está sufriendo el pueblo iraní es de los bombardeos constantes; lo que sí está sufriendo el pueblo iraní es de la represión que hará su propio gobierno porque han entrado en guerra contra potencias extranjeras.
No, esta guerra no se hace por el pueblo iraní, para que sea más libre y feliz y deje de reprimir a su pueblo con miles de muertes, para que las mujeres dejen de estar oprimidas por una teocracia. No es posible mantener esa ficción: primero, son excusas que se dan ante reacciones negativas por la primera ofensiva, donde no fue la justificación inicial; en segundo lugar, se ve que esto parte de un país que ha desplazado forzosamente a casi dos millones de personas y ha acabado con la vida de más de ochenta mil, que sigue produciendo un genocidio y otros delitos contra la humanidad en su territorio; por último, como decía antes, estos ataques son apoyados por otros países tan o más represivos que el propio Irán. No se puede admitir esta justificación para atacar a Irán, ataques que no cambian ni pretenden cambiar esas situaciones de represión y falta de libertad, mientras se tiene alianzas y se ataca desde bases en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, etc.
La única forma de defender a los pueblos es negar a los Estados la posibilidad de la guerra; por eso, el no a la guerra debe ser la primera respuesta de la ciudadanía al imperialismo y la represión, a las ansias bélicas de gobernantes de países como Estados Unidos o Israel.
Junto al no a la guerra, necesario, el SÍ a la paz. A la paz positiva, que empieza aquí y ahora.


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